Cachibaches de todo a cien…

 

Ultimos rayos del verano llenaban, ya por rebajas, el estudio. En una esquina, reposaba Gastón en aquella apolillada mecedora que parecía esperar de cada vaivén el último suspiro de vida. Manoseaba él un pequeño libro de Camilo que había encontrado en una tienda de baratillo. Decidido a una breve lectura, quiso iniciarse no sin antes realizar la liturgia que repetía con cada libro. Aquello consitía, resumidamente, en abrir sus carnes por la mitad e inhalar la mezcla de los restos de tinta y polvos que allí reposaban. Ahora si, estaba todo preparado para el oficio:

Después de cinco mil quinientos años de desastres amorosos un científico soviético decidió inventar un chip que eliminase las penosas influencias del amor cuando se acaba. El ingenio se comercializó con patente americana y se lo compró justo el día que la conoció. Llevó la cajita en la mano y siguiendo el mínimo libro de instrucciones colocó el dispositivo cerca del pezón izquierdo. Cuando llegase el fin de la historia sólo tendía que quitar  el injerto y no quedaría ni desesperación, ni ansiedad ni ganas de verla. Así fue que una tarde oscura de febrero ella le comunicó la caducidad del amor y él se resignó a volver a casa en solitario. Se colocó frente al espejo y no se atrevió a desconectar el cuadradito que brillaba en medio del pecho.

Al terminar Gastón de leer clavó su mirada en la profundidad de la nada. Una vez más, ¡tap!¡tap! el cigarro en sus labios. Así pasaron los minutos entre el humo y la combustión del alquitrán, sin prestarle atención a la música que sonaba de fondo. Como sonámbulo se levantó con determinación y se dirigió al baño. Una vez allí destrozó de dos secos golpes el espejo, ahora hecho añicos. Parecía convencido de que en el aquel acto estaba la solución al enigma recién leído.

De fondo, Sabina cantaba: 

sospecho que así se vengaba a través del olvido cupido de mi“…

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