Anunciaban combate en el centro de la plaza. Allí, se enfrentarían hombre y bruto ad bultum tuum hasta que uno mordiera arena. Pocas personas presenciaban desde las gradas la faena que allí acontecía. Era un corrida sin presidente.
El bruto de pelaje negro, con poca masa y mucho nervio, había salido al combate desbocado, lengua al viento, ansioso y seguro de si mismo. Armado fuertemente con sus atributos naturales y la experiencia de años de reyertas de astados. El hombre, hijo de Hermes, se presentaba de ajustado traje y armado de artificio.
No hubo ritos, no hubo tercios. Eran esencias. Se recuperaba allí la fase primaria de la religión: la caza.
Hombre y bruto, detenidos tras la tanda de capotazos, se miraron fijamente. El bruto exhalaba el baho fruto del cansancio y los cambios de temperatura. El hombre sudaba tensión y tesón.
Bruto arañó terreno con su pezuña intentando imponer presencia. Acto seguido, agachó su testa creyendo así tomar ángulo para el astado ataque. De entre las gradas alguien gritó ¡humillación! No le faltaba razón. Allí, en ese momento, se dirimirían las diferencias entre hombre y bestia.
Hombre se mantenía alineado con la bestia, no cedía posición. Estaba dispuesto al cuerpo a cuerpo si era necesario para salir triunfante. Tan solo ondeó levemente el capote, alzó muleta y se elevó de puntillas dispuesto a matar.
El resto es conocido por todos los presentes. Bruto, en un ataque desmedido, se lanzó ante el matador de bestias. Hombre, con suma tranquilidad sin duda fruto de la irracionalidad, ejerció su oficio. Chicuelina y suerte de muerte.
Sintió como aquel sable se hundía en sus carnes. El matador había realizado su trabajo a pesar de una mala faena. La muleta había entrado costera, directa al riñón, pero más que suficiente para provocar muerte.
Yacía tendido entre arena y viento. Colgaba de la comisura de sus labios un rojo hilo de sangre. Poca le quedaba, la mayor parte de ella la había perdido en los trámites que a aquella plaza le habían conducido.
Nadie quedaba para el descabello. Nadie para confirmar si había muerte.
Gastón, bruto e hijo de Epimeteo pues para ti no hay justicia. Mañana será otro día, otra faena y quien sabe, tal vez otra suerte.
