Chamartín 14.20

Octubre 23, 2008 - Leave a Response

Parecía un escena de Romero ambientada en la frontera mexicano-estadounidense. Pesados andares se dirigían en una dirección, otros, oscilantes, parecían desorientados sin rumbo claro a seguir. Todos ellos cubiertos por la metálica cúpula celeste. Allí, siempre era de día, sin embargo el índice de suicidios era asumiblemente bajo.

El tren salía con retraso. Del bolsillo de la chaqueta extrajo una de las veinte medidas de tiempo que siempre le acompañaban. Calculó… 45 minutos… tres, son un exeso, tal vez dos… Tomó paso apresurado al exterior de la nave. La marabunta humana se tornó metálica, las voces se convirtieron en claxons, acelerones y frenadas. No supo por qué pero de ello también fue capaz de realizar una extraña analogía sexual. Estaba enfermo. Tal vez simplemente era un degenerado. Se alejó de aquel bochorno hacia un lugar más tranquilo en el que fundirse con sus asuntos. Dio cuerda a su medida temporal y exhaló. Así comezó a salir un fino hilo de humo de aquel reloj. Apoyado en una columna  se ensimismó.

“Las vueltas a casa siempre son extrañas, uno nunca sabe qué se encontrará al llegar Cuando se sale de ella tiene la sensación de haber huido. Da cierto temor volver, aunque no haya reacionalidad ninguna en ello.” musitaron a su espalda.

Contrariado, Gastón se giró para observar quien le hablaba “Hola, ¿Quien dice que vuelvo a casa?”

“Bueno, estás aquí afuera, haciendo tiempo, muy típico de los que no somos de aquí… y de los que fumamos.”

Allí, una muchacha se fumaba su cigarrillo sentada en el suelo, mochila a un costado y el refresco de cola al otro. Su cara no expresaba nada, no sonreía, no ponía mala cara, nada.

Tras la breve conversación ella volvió a situar la cabecita en la novela que sostenía en una de sus manos y el volvió a mirar a los transeuntes, a los culos y a concentrarse en sus asuntos. Calculó el tiempo y encendió otro pitillo.

La muchacha se levantó y se despidió: “buen viaje, espero que no sea muy largo. Adios.”

Tuvo la sensación, aunque no había hablado con ella, de que algo se acababa de ir, algo más que aquella muchacha. Optó por no darle mayor importancia, bastante tenía con lo que venía por delante. Pisó los restos del cigarrilo, tomó el billete de su bolsillo y se dirigió al andén.

Decidió que aquella chica de Chamartín, a las 14.20, se llamararía Lola.

Cachibaches de todo a cien…

Septiembre 3, 2008 - Leave a Response

 

Ultimos rayos del verano llenaban, ya por rebajas, el estudio. En una esquina, reposaba Gastón en aquella apolillada mecedora que parecía esperar de cada vaivén el último suspiro de vida. Manoseaba él un pequeño libro de Camilo que había encontrado en una tienda de baratillo. Decidido a una breve lectura, quiso iniciarse no sin antes realizar la liturgia que repetía con cada libro. Aquello consitía, resumidamente, en abrir sus carnes por la mitad e inhalar la mezcla de los restos de tinta y polvos que allí reposaban. Ahora si, estaba todo preparado para el oficio:

Después de cinco mil quinientos años de desastres amorosos un científico soviético decidió inventar un chip que eliminase las penosas influencias del amor cuando se acaba. El ingenio se comercializó con patente americana y se lo compró justo el día que la conoció. Llevó la cajita en la mano y siguiendo el mínimo libro de instrucciones colocó el dispositivo cerca del pezón izquierdo. Cuando llegase el fin de la historia sólo tendía que quitar  el injerto y no quedaría ni desesperación, ni ansiedad ni ganas de verla. Así fue que una tarde oscura de febrero ella le comunicó la caducidad del amor y él se resignó a volver a casa en solitario. Se colocó frente al espejo y no se atrevió a desconectar el cuadradito que brillaba en medio del pecho.

Al terminar Gastón de leer clavó su mirada en la profundidad de la nada. Una vez más, ¡tap!¡tap! el cigarro en sus labios. Así pasaron los minutos entre el humo y la combustión del alquitrán, sin prestarle atención a la música que sonaba de fondo. Como sonámbulo se levantó con determinación y se dirigió al baño. Una vez allí destrozó de dos secos golpes el espejo, ahora hecho añicos. Parecía convencido de que en el aquel acto estaba la solución al enigma recién leído.

De fondo, Sabina cantaba: 

sospecho que así se vengaba a través del olvido cupido de mi“…

Una mala faena

Agosto 20, 2008 - Leave a Response

Anunciaban combate en el centro de la plaza. Allí, se enfrentarían hombre y bruto  ad bultum tuum hasta que uno mordiera arena. Pocas personas presenciaban desde las gradas la faena que allí acontecía. Era un corrida sin presidente.

El bruto de pelaje negro, con poca masa y mucho nervio, había salido al combate desbocado, lengua al viento, ansioso y seguro de si mismo. Armado fuertemente con sus atributos naturales y la experiencia de años de reyertas de astados. El hombre, hijo de Hermes, se presentaba de ajustado traje y armado de artificio.

No hubo ritos, no hubo tercios. Eran esencias. Se recuperaba allí la fase primaria de la religión: la caza.

Hombre y bruto, detenidos tras la tanda de capotazos, se miraron fijamente. El bruto exhalaba el baho fruto del cansancio y los cambios de temperatura. El hombre sudaba tensión y tesón.

Bruto arañó terreno con su pezuña intentando imponer presencia. Acto seguido, agachó su testa creyendo así tomar ángulo para el astado ataque. De entre las gradas alguien gritó ¡humillación! No le faltaba razón. Allí, en ese momento, se dirimirían las diferencias entre hombre y bestia.

Hombre se mantenía alineado con la bestia, no cedía posición. Estaba dispuesto al cuerpo a cuerpo si era necesario para salir triunfante. Tan solo ondeó levemente el capote, alzó muleta y se elevó de puntillas dispuesto a matar.

El resto es conocido por todos los presentes. Bruto, en un ataque desmedido, se lanzó ante el matador de bestias. Hombre, con suma tranquilidad sin duda fruto de la irracionalidad, ejerció su oficio. Chicuelina y suerte de muerte.

Sintió como aquel sable se hundía en sus carnes. El matador había realizado su trabajo a pesar de  una mala faena. La muleta había entrado costera, directa al riñón, pero más que suficiente para provocar muerte.

Yacía tendido entre arena y viento. Colgaba de la comisura de sus labios un rojo hilo de sangre. Poca le quedaba, la mayor parte de ella la había perdido en los trámites que a aquella plaza le habían conducido.

Nadie quedaba para el descabello. Nadie para confirmar si había muerte.

Gastón, bruto e hijo de Epimeteo pues para ti no hay justicia. Mañana será otro día, otra faena y quien sabe, tal vez otra suerte.

Despertares de vela

Agosto 18, 2008 - Leave a Response

 

Crónicas Gastonianas

 

 

¿Conocen la sensación que se produce cuando se tiene una pesadilla que parece tan real como la vida misma y, al despertar, uno se da cuenta que todo ha sido un mal sueño? Este no era el caso. Al despertar Gastón se dio cuenta que todo era cierto, la pesadilla era vida.

Tenues haces de luz se colaban a través de las las persianas. Eran lo suficientemente molestos para alterar un sueño ligero, incómodo y mal construido. Se incorporó pesadamente quedando sentado sobre la cama. Mecánicamente, alargó su mano sobre el baúl que hacía las veces de mesita de noche y tomó el paquete de cigarrillos ¡tap! ¡tap! Dos golpes y el cigarrillo se deslizó entre sus labios. En la habitación, tan solo el sonido sordo de la combustión del cigarro. Siguió allí, sentado, vacío, exhalando el humo de aquella medida de tiempo que se consumía.

A su espalda, tumbada, ajena a lo que sucedía en la habitación, el cuerpo de una mujer sin nombre, sin rostro. Tan solo tetas, culo y coño. Gastón había tenido mejores pajas que el polvo de aquella mujer que allí se tendía. La noche anterior. antes de irse a casa con ella, ya lo había presentido, de hecho ni siquiera quería sexo con ella. Era el mono de tacto de piel, del calor de un cuerpo ajeno. Era el mono de aquello que se había ido. Aquella mujer no resolvía el problema, pero al menos lo distraía. Ahora tenía que resolver el otro, cómo desembarazarse de ella sin montar una escena. No la quería allí. Era como esos perros que llegada la noche se tumban en el lecho y comienzan a revolcarse.

Se incorporó y tomó la ropa de la noche anterior, no quería hacer ruido y tener que hablar con aquel bulto con el que compartía espacio. En la cocina, tomó los restos de café que habían sobrado mientras discurría como resolver aquella situación. Lo cierto es que era un cobarde. Tomó papel y anotó.

* * *

Ella, se levantó de la cama envuelta en la sábana impregnada de nocturnidad y buscó a su compañero por la casa. No lo encontró, tan solo  un café frío y una nota:

He ido a comprar el pan, llegaré tarde.

Gastón.