Parecía un escena de Romero ambientada en la frontera mexicano-estadounidense. Pesados andares se dirigían en una dirección, otros, oscilantes, parecían desorientados sin rumbo claro a seguir. Todos ellos cubiertos por la metálica cúpula celeste. Allí, siempre era de día, sin embargo el índice de suicidios era asumiblemente bajo.
El tren salía con retraso. Del bolsillo de la chaqueta extrajo una de las veinte medidas de tiempo que siempre le acompañaban. Calculó… 45 minutos… tres, son un exeso, tal vez dos… Tomó paso apresurado al exterior de la nave. La marabunta humana se tornó metálica, las voces se convirtieron en claxons, acelerones y frenadas. No supo por qué pero de ello también fue capaz de realizar una extraña analogía sexual. Estaba enfermo. Tal vez simplemente era un degenerado. Se alejó de aquel bochorno hacia un lugar más tranquilo en el que fundirse con sus asuntos. Dio cuerda a su medida temporal y exhaló. Así comezó a salir un fino hilo de humo de aquel reloj. Apoyado en una columna se ensimismó.
“Las vueltas a casa siempre son extrañas, uno nunca sabe qué se encontrará al llegar Cuando se sale de ella tiene la sensación de haber huido. Da cierto temor volver, aunque no haya reacionalidad ninguna en ello.” musitaron a su espalda.
Contrariado, Gastón se giró para observar quien le hablaba “Hola, ¿Quien dice que vuelvo a casa?”
“Bueno, estás aquí afuera, haciendo tiempo, muy típico de los que no somos de aquí… y de los que fumamos.”
Allí, una muchacha se fumaba su cigarrillo sentada en el suelo, mochila a un costado y el refresco de cola al otro. Su cara no expresaba nada, no sonreía, no ponía mala cara, nada.
Tras la breve conversación ella volvió a situar la cabecita en la novela que sostenía en una de sus manos y el volvió a mirar a los transeuntes, a los culos y a concentrarse en sus asuntos. Calculó el tiempo y encendió otro pitillo.
La muchacha se levantó y se despidió: “buen viaje, espero que no sea muy largo. Adios.”
Tuvo la sensación, aunque no había hablado con ella, de que algo se acababa de ir, algo más que aquella muchacha. Optó por no darle mayor importancia, bastante tenía con lo que venía por delante. Pisó los restos del cigarrilo, tomó el billete de su bolsillo y se dirigió al andén.
Decidió que aquella chica de Chamartín, a las 14.20, se llamararía Lola.


